martes, 3 de abril de 2018

EL LADO OBSCURO DE TU LUNA


Era 1973. Y ése año fue EL año. Por alguna extraña coincidencia, a todos se les dio por hacer Obras Maestras (así, con mayúsculas). No sabemos qué tenía el agua o el oxígeno en esos días, que de pronto hasta los grupos de rock and roll más básicos y sencillos, plasmaron para la posteridad, enormes y elevadas maravillas que aún hoy estamos esperando a que alguien las supere.
     
Mi hermano Ricardo era un gran entusiasta de todos estos sones. Y cuando salió El Lado Oscuro de la Luna (de Pink Floyd), le agarró tan tremendo camote, que lo escuchaba día y noche, las 24 horas, sin parar. Yo siempre me quedé con el Atom Heart Mother (que es de 1970), pero mi hermano estaba tan poseído, que era imposible despegarlo de ese lado oscuro en que había caído. Para la detonada cabeza de Ricardo, no había nada más grande sobre el planeta que aquel lunático disco, veredicto que coincidía con la crítica mundial, que decía que el “Dark Side of The Moon” era “el mejor disco de 1973”, consiguiendo una infinita infinidad de nuevos fanáticos, amén de una treintena de Discos de Platino, incontables Discos de Oro y múltiples Discos de Diamante.


     
Han pasado décadas, y mi Top-Ten Floyd no ha cambiado. Primero es el Atom, luego el Meddle y mucho después el Dark Side. Pero no le vayan a ir con el chisme a mi hermano Ricardo, se puede molestar. Él es de esos floydianos susceptibles, cuyo delirio emocional sólo puede ser superado por los alocados aspavientos de algún simpatizante de los Beatles o por fogosidades extremas de algún vikingo del fútbol.





sábado, 24 de marzo de 2018

LOS PELEADORES, 1983

En el área de la ciudad de Lima, era fácil encontrarnos con bandas frecuentando los mismos caminos y tocando las mismas puertas. Contrario a nuestra postura, la mayoría todavía seguía prefiriendo el cover, cabalgando sobre las más populares canciones del momento. De aquella mancha, con quién solíamos encontrarnos era con los Fighters, abriéndose paso por la maleza a punta de fusiladas zeppelianas y mucho Kiss. Los encontrábamos en cuanta convocatoria había: para salas de baile, festivales, verbenas… 

El 27 de Octubre de 1983, la gente de AMUSI, nos llama para amenizar un evento distrital en la Urb. Ramón Castilla, en el distrito del Rímac. La cosa era arriba, en un cerro, en una cueva. Debe haber sido el lugar más extraño en donde hayamos tocado. Dentro de aquella cavidad geológica, habían improvisado un tablado, luces y hasta una tribuna de madera. Estaba lleno de gente. En el escenario –vaya sorpresa-, estaban los Fighters, desatando a The Police y haciendo honores a los Enanitos Verdes. El sonido era bueno y los muchachos tenían mucho oficio, pero el público no se notaba muy entusiasmado. Bostezaban en medio de las piruetas que hacía el cantante, levantando el pedestal del micrófono o arrodillándose en los momentos más dramáticos mientras cantaba “Love Hurts”. Los organizadores, al vernos llegar, se apresuraron en detener a los ‘peleadores’ e invitarnos a subir al escenario. Nos saludamos con los colegas y uno de ellos nos dice: “Gracias por llegar. Hemos estado acá tocando por más de dos horas, y no pasa nada. Público difícil. No los mueve nadie… ¡Suerte!”… Agradecimos las palabras y nos enfundamos los instrumentos. Arrancamos sin ningún miramiento con “En Una Invernal Noche de Surf” y el caos se desató. Por alguna extraña y puntiaguda razón la gente comenzó a saltar, gritar y tirarse sobre el escenario. El rock and roll había llegado… 



Luego de dos minutos y medio de batahola (y luego que el animador pidiera un poco de calma a la gente), pasamos a tocar “Patricia, la del Bulevar”, nuestro tema largo y menos virulento. Pero a pesar de eso, la gente siguió armando trifulca y emprendió el baile como nunca imaginé que pasaría. La algarabía y el desorden culminaron con la caída de la tribuna de madera apostada a un lado de la pista, suspendiéndose de inmediato nuestra presentación. El animador llamó de nuevo a los Fighters para que continúen tocando. Y como por arte de armónica nigromancia, la gente volvió a su estado de quietud. Nunca lo entendimos. Pero de todas formas salimos totalmente re-alimentados y muy convencidos de que nuestros pasos estaban siendo los correctos. (Daniel F)  


NOTA: Las imágenes que acompañan esta nota son actuales. La de arriba es la portada para Spotify y ITunes de la grabación que estamos comentando, la original de 1983, registrado con un grabador a pilas y cuyo enlace lo estamos colocando al final de este post. La segunda foto es de Leusemia tocando en el Vichama (centro de Lima), en el 2018, un chongazo que me recordó mucho al chongote ocurrido en aquel lejano 1983.  






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lunes, 5 de marzo de 2018

DISCOS DE CHAMUSCADO PULMÓN Y HUESO



Entre bromas y drama, suelo contar que en los 70’s, conseguir discos de rock o revistas, era como dar largos paseos por la interminable vereda de la fatalidad. Pero en la Rusia de los 50’s (la Unión Soviética y sus satélites), el asunto adquiría ribetes de terror. Mientras que en algunos países latinoamericanos, escuchar o tener discos de Silvio Rodríguez o un libro de Marx, era penado con cárcel o algo peor, en la URSS, poseer discos de jazz o rock n roll era ir en contra de los dogmas y, por lo tanto, te enviaban a Siberia. Ante esto no faltaban aquellos discordantes que buscaban la censurada música en ocultos radios de onda corta o se pondrán a traficar con discos llegados de “los países imperialistas”; los muchachos se juntarán con otros disidentes y –a escondidas- escucharán a Benny Goodman o a los Platters.   

Pero hubo quienes fueron un poquito más allá y comenzaron a fabricar sus propios y muy personales discos con “música prohibida”. Y en lugar de usar vinilo virgen o discos de laca, usaban placas de rayos X, material que, si bien no daba un sonido extremadamente fino, era un poco más sencillo de conseguir, amén que aguantaba el proceso de “grabado”.



En el libro Back in the USSR: The True Story of Rock in Russia”  de 1987, Artemy Troitsky nos dice:  “Encontrabas radiografías con los pulmones, la médula espinal o fracturas de huesos, redondeadas con tijeras, con un agujero en el centro y los surcos apenas visibles (…) La calidad era horrible, pero el precio era bajo, un rublo o rublo y medio“.   

Así que, aunque nos parezca chiste, Elvis, Bill Haley o algún cantor de Jazz, sonaban mientras unos huesos o el chamuscado pulmón de un fumador del Volga, giraban de forma encubierta en alguna tornamesa moscovita.

Como dirían esos memes de la rana René: A veces lamento haber nacido en un país con un mercado discográfico totalmente infortunado. Luego veo los discos en placas de rayos X de los pobres ciudadanos rusos, y se me pasa. (Daniel F)



domingo, 11 de febrero de 2018

UNA AMISTAD A PRUEBA DE DISCOS


Arnaldo Guerrero es un amigo del barrio, parte de la pandilla de mis hermanos mayores. En especial, de mi hermano Cesar. Es una de esas amistades que no admiten distancias ni dudas. En los 60’s e inicio de los 70’s, paraban juntos de un lado a otro, escuchaban música por horas y eran inseparables. Algunos los jodían gritándoles: “¡¿Cuándo se casan?!”…

Gran fan de los Beatles, Arnaldo tenía todos los discos. Pero lo que nos admiraba de él era su erudición acerca de todo lo concerniente al cuarteto de Liverpool. Lo que hoy nos puede parecer un conocimiento pueril, en esos días, lo de Arnaldo lo tomábamos como sabiduría pura. Por ejemplo, una noche discutíamos sobre quién cantaba la versión beatle de “Roll Over Beethoven”. Hasta que apareció Arnaldo y dijo: George… Y todos nos pasmábamos ante tanta sapiencia. O aquella noche en que, escuchando ese maravilloso Álbum Blanco, mis hermanos y yo nos enfrascamos en apuestas en saber si era John o Paul el que cantaba “Good Night”… Hasta que llegó Arnaldo y nos dijo: Ringo… ¡Qué bárbaro! Todos aspirábamos algún día a tener tan tremenda ilustración.


Pero muy al margen de su bagaje, el tipo era un guerrero. Y como tal, se aventuró a salir del país e intentar hacerla en los EEUU. Se llevó algunos de sus discos, básicamente de bandas peruanas (We All Togheter, Traffic Sound, etc) y le dejó a mi hermano Cesar toda su colección de los Beatles, lo cual, obviamente, para nosotros fue toda una festividad y un embeleso. Especialmente para mí, que me levantaba de madrugada a mirar aquellas ediciones que, entre nacionales e importadas, daban un vuelo terrible y gaseoso a mis más arrebatados ensueños.

Pero luego, con el transcurrir de los meses, comencé a notar que aquellos maravillosos discos comenzaron a desaparecer. Uno a uno se fueron ausentando de nuestro pequeño espacio destinado a los vinilos. Cuando pregunté a mis hermanos qué estaba pasando con los discos de los Beatles, ellos encogían sus hombros… Los muy insensatos los habían estado vendiendo o cambiando por algún tipo de mercadería. Los alcaloides habían ingresado a mi casa de la manera más díscola y tornamesada. Me enfadé mucho. No podía creer tan tremenda estupidez.


Años después, Arnaldo Guerrero volvió al Perú. Ya era 1979 y el tipo había logrado su cometido en los yunaites. Estaba totalmente establecido. Era un psicólogo de renombre por allá y había regresado al Perú por unos días. Fue recibido como un héroe, desatándose una verdadera fiesta. Pasadas las emociones, mi hermano Cesar y él se quedaron a solas… Nunca supe qué se dijeron, ni en qué quedaron. Tampoco me interesa hoy averiguarlo. Lo único que sé (y creo que es lo más importante), es que siguieron siendo amigos y lo siguen siendo hasta hoy, en pleno siglo XXI, donde Arnaldo, ya retirado de la psiquiatría, ha retomado la patria, a los antiguos compinches y a la vieja vecindad. Al parecer, la amistad entre este guerrero y mi hermano, es a prueba de discos. (Daniel F)   


    

martes, 26 de septiembre de 2017

ANCÓN, ANCÓN










El Festival de Ancón fue un evento que engalanó nuestra canción durante los 60’s y 70’s. Era nuestro pequeño San Remo, nuestro modesto Viña del Mar. Un concurso de canciones donde también podías gozar con invitados locales e internacionales. Para los 80’s cayó en el aburrimiento y desapareció. Intentaron revivirlo en alguna oportunidad, pero no pasó nada.

Uno de estos intentos se dio a inicio de los 90’s. Las reglas decían que podías presentar dos canciones y –que si a los del jurado les gustaba- pues te daban la opción de cantarla tú mismo o de contratar a algún cantor profesional para que la interprete. Muchos compositores comenzaron a mandar sus creaciones. Algunos salían con disgusto pues les rechazaban todas. De otros, el jurado escogía una. Un amigo, Javier Orihuela (de La Banda del Dr. Poggy), presentó dos temas y le aceptaron uno, llenándolo de entusiasmo. Tanto que me sugirió –a mí- que mande un par de canciones, que no perdía nada… En son de broma envié dos temas: “Si Alguna Vez Vuelvo a Verte” y “Cuando la dignidad Murió en su Intento por Amar”. Y envié esas porque las grabaciones estaban en la recientemente editada maqueta “Los Arrastrados”, un demo que no circuló mucho. … Para mi sorpresa, las dos fueron aceptadas y, según Javier que siempre husmeaba por las oficinas del Festival, ambas canciones gozaban de cierto entusiasmo y les auguraban unos buenos puestos.

foto: sitevas.blogspot.com
El lío es que yo no tenía banda. Así que llamé a mi compadre Pancho Muller para armar un combo únicamente para la ocasión. Y así lo hicimos. Ensayamos un par de veces en su sala y –la verdad- todo sonaba una tremenda mierda. Así que decidimos no participar, pero que de todas formas iríamos al Festival al menos para pasar el rato y divertirnos tras bambalinas. Nuestra excusa para no tocar fue que “nuestro acordeonista todavía no llega”… Y los organizadores nos amenazaban diciendo: “Miren que si no viene, pierden su turno”… 


Al final la pasamos bacán. Vimos todo el Festival y, como invitados, estuvieron Frágil, Dudó y alguno más, regresando luego a casa como si hubiéramos ganado una medalla. Linda experiencia, aunque subsiste la pregunta: ¿Qué hubiera pasado si la banda hubiera cuajado bien y hubiésemos llegado a participar?...     

  




viernes, 23 de junio de 2017

JOE HILL - LA RUTA DE LA PELEA -1879/1915

Esto es sobre uno de los tantos pioneros en esto de combinar una actitud rebelde, con el infinito mundo de la canción. Este es uno de los grandes: Joe Hill, otra de las innegables raíces del punk-rock.


            Para no exagerar y sumergirnos en tediosas tintas históricas que harían de estos textos algo interminable, habrá que remitirnos acá nomás, a los primeros días del siglo XX, con uno de los símbolos de la canción discordante: Joe Hill, uno de los hilos más notorios para desentrañar estas moléculas investigativas acerca del espíritu del rock and roll y sus variables punketas.  Será en estas veredas blancas de la canción de protesta, donde confirmaremos que los trinos de vena irascible y discurso con pólvora, ni son nuevos ni ofrecen gran resistencia a la hora de ser buscados.

Los predicadores de pelo largo
salen todas las noches.
Cuando se le pregunta
¿hay algo para comer?
ellos responderán con voces tan dulces: “Usted va a comer,
en esa tierra gloriosa por encima del cielo; trabajando y orando, viviendo en el heno, y obtendrás pastel en el cielo cuando te mueras”.
El ejército del hambre juega contigo,
Cantan, aplauden y rezan
Hasta que pongas tu dinero en el tambor
y ellos gritan, saltan y gritan,
pues “Dando dinero a Jesús
se pueden curar todas tus enfermedades”
(Joe Hill - “El Predicador y el Esclavo” – 1913)

            Guitarra incorruptible que soltó sus dianas clarinando nuevos mundos en una joven Norteamérica esclavista, Joel Emmanuel Hägglund, más conocido como Joe Hill, hunde sus orígenes en la congelada Suecia, en el año de 1879, y asienta sus reales en California, EEUU. Su militancia sindical la combinará con su habilidad para las canciones, dejándonos algunas humeantes bellezas que ya son eternas

Los chicos de Azul,
con estrellas y rayas
fueron enviados por el Tío Sam
Las cosas se veían muy tristes cuando las
bayonetas entraron por el tejido de nuestras telas…”
(Joe Hill -- “John Golden y la huelga de Lawrence” – 1912)


            Luego de ser arrestado varias veces por lanzar proclamas con las cuales “enardecía muchedumbres”, el 19 de Noviembre de 1915, Joe Hill, es fusilado. A su entierro acudieron 30,000 personas. Apoteósico e insólito para un músico que “solo” peleaba por los Derechos de los demás; alguien que utilizó la música como tenor de lucha y para difundir consignas. Su último pedido, justo antes de ser fusilado, fue: “No pierdan su tiempo con lutos... Organícense...”. (Daniel F) 


FUENTE: “Por las Olvidadas Raíces del Punk Rock – Guía Práctica contra los lanzadores de bolas de nieve” (2013), de Daniel F, ediciones KIPUY, Lima-Perú / Ubicable en las tiendas Lapsus Linguae y El Cityo (Centro Comercial Cantuarias, calle Cantuarias 140, Miraflores) y tienda Moving Sound (Galerías Brasil, cuadra 12 de la Av. Brasil

viernes, 12 de mayo de 2017

LA CELEBRIDAD, esa dama impasible

Cuando es día de concierto, nos mandan la movilidad y unos señores se encargan que no tenga fatigas innecesarias, cargando ellos los instrumentos, maletas, vituallas y utensilios. Para provincia me trasladan en avión, me recogen del Aeropuerto, cargan mis cacharpas y me abren las puertas del auto. La Seguridad (encarnada en tipos de rostros serios y pistolas ocultas), cuidarán de mí cual si fuera un personaje de lustre y nombradía. Luego me llevarán al Hotel, visitaré los mejores restaurantes y me tratarán como si fuera de la realeza... Pero esa “celebridad” se tiene que acabar junto con el concierto. El resto de los días, eres como cualquier ciudadano de a pié. Anónimo, con los pies lejos de los aplausos y abrazando a tu chica como cualquier otro mortal. Tienes que serlo. La celebridad no tiene porqué subyugarte. La “fama” es una burbujita que, si te la crees, te traga.


El punk rock de 1976 se forjó en las candelas del anti-estrellato, en los discursos de una nueva visión que pretendía rescatar al rock and roll de las garras de la autocomplacencia, del aburrimiento y de lo snob. Muchos de aquellos que se enrolaron en sus imperdibles, lo hicieron bajo el discurso del rechazo y la negación ante preceptos como “la fama”. Ser “famoso”, popular o volverse un poster en la pared, estaba totalmente prohibido.


Lo que no tuvieron en cuenta los ideólogos del punk, es que no basta la honestidad para hacer realidad este tipo de muros. Y que por el contrario, la honradez será el más sólido adherente para que, sin que lo hayas solicitado, te conviertas en una “celebridad”. Ya lo habían probado los Stones, Elvis, los Beatles, Bowie, Dylan, Nirvana o Greenday, quienes comenzaron cantando a ras de pueblo, hasta que la gente comenzó a invadir sus proscenios, para abrazarlos, besarlos y tirarlos al piso, una de las pocas maneras que tenemos los fans de demostrarles a nuestros ídolos cuánto los queremos.

- Esos Beatles deben ser unos maricones –decía alguien en mi barrio al ponernos a mirar “A Hard Day's Night”, una comedia de 1964, en plena Beatlemanía, donde las escenas de chicas correteando a los 4 de Liverpool, se repiten una y otra vez. Lógicamente, mi amigo no tenía la menor idea de lo que expresaba.

Aquellas estampidas del corazón, terminaban siempre obligando a los artistas, productores y dueños de los locales, a elevar sus plataformas, alejar al público del artista y a reclutar a todo un ejército de salvaguardias para cuidar que nada malo ocurra. Tienen que cuidar al “celebridad”. Y esto es una historia que, en el rock (en el mundo de la música en general), se repite constantemente. 



Jimmy Pursey, y la banda inglesa Sham 69, comenzaron con el entusiasmo y displicencia afines a la edad y a las nuevas elocuencias que traía el punk rock en 1977. El problema fue que los Sham 69 (a diferencia de tantos conjuntos desechables del punk), eran buenos, talentosos y dueños de canciones maravillosas. Jimmy Pursey es un tipo honesto, un compositor envidiable y siempre confrontacional. Y el ser honesto y fiel a sus principios en un mundo de mentiras, generalmente lleva a que terminen admirándote. Se volvió popular, “famoso”, un poster urgente en las paredes de los chicos que deseaban creer en algo o en alguien. La prensa lo buscaba para fotos y los fanzines le solicitaban entrevistas. De pronto, los espectáculos de Sham 69 se volvieron batahólicos, trifulcas masivas de admiración y cariño hacia ese personaje tan distinto. Los conciertos (como casi todos los conciertos punk y skinhead de la época) eran a ras de suelo, sin proscenios tan elevados ni alejados de la gente, tal y como lo mandaban las premisas punkis de “no estar más alto ni más lejos del público”.

Ante todo esto, Jimmy comenzó a sentir temor, temor de subir a un escenario. Temor a tanto afecto y a tan impetuosa respuesta. Se postergaron algunos conciertos y hubo reuniones forzosas para evaluar aquella inédita situación. ¿Qué hacemos si el punk se vuelve famoso, querido y respetado?... Al final eligieron lo más natural en el mundo de la música: proscenios más altos, más lejos, sembrar tipos grandotes para la seguridad, limitar el acceso a la gente… Vale decir, las mismas premisas de aquello que pensaban rechazar por siempre, pero cuyas motivaciones ignoraban por completo.
Jimmy Pursey, aceptando su "celebridad"...  
La “celebridad”, la notoriedad, “la fama”, no llega porque uno quiera. No se acercará a nosotros porque uno lo desee. Ya verá ella si nos corteja o nos ignora. La fama, “la Industria de la Celebridad” de la que hablaba Mariátegui, seguirá siendo esa indiferente dama al pie de un farol en una noche de niebla, impasible, fumando, sonriendo ante el embobamiento de sus potenciales feligreses.


lunes, 20 de febrero de 2017

UN SARGENTO DIFERENTE o LA MALDICIÓN DE LA PIMIENTA


En el otoño de 1969, la antigua tienda de trajes para señores y ternos a la medida, se fue de su sitio en la calle Urrunaga. Tras llevarse sus enormes escaparates que invadían vereda, el tramo ganó por lo menos medio metro. En su lugar se posesionó una modesta tienda de discos, la que fue bautizada muy curiosamente como “Discos”. Su dueño era un vecino nuestro, el sr. Zevallos, cuyo hermano menor –Víctor- era muy amigo mío, siendo él quien me dateaba de las últimas ediciones llegadas a Lima.

Un día, a inicio de los 70’s, Víctor va a mi casa y me encuentra escuchando el “Sargento Pimienta”. Al tomar la tapa del disco, mi compadre me dice:

- En mi tienda está este disco, pero no es así… Se abre, como un álbum…

Yo le dije que era imposible, que la edición “cerrada” era la única que había llegado a Lima. Y él me porfiaba que la presentación era otra, y que adentro había una imagen grande de los Beatles a todo color… No le hice caso. Pensé que estaba delirando. Hasta que una tarde, su hermano mayor se pone a conversar con mis hermanos y, efectivamente, un sujeto llegado de los EEUU, le había obsequiado una versión del Sargento (la versión norteamericana, lógico), cuya presentación le pareció tan singular y curiosa, que lo puso no a la venta, pero sí en exhibición en su pequeño escaparate, como para “atraer clientes”… Y vaya que los atrajo. Comenzaron a llegar en estampida, todos con ojivas de desesperación y ofreciendo cifras impensadas. ¡Había un Sargento diferente en Lima!!!...

La cosa se tornó un poco incontrolable. Pues aparte de los clientes peruanos, llegaban chilenos, ecuatorianos, argentinos… que quién sabe cómo se habrá corrido la voz. Había tipos que se amanecían en la puerta de la tienda, esperando a que llegue el sr. Zevallos. Algunos con ofrecimientos inauditos y otros simplemente para mirarlo (al disco). Fue tal la cosa, que el Sr. Zevallos, ante tanta y tan exagerada explosión de exigentes y desesperados, tuvo que sacar al dichoso Sargento del exhibicionero y esconderlo.

Una semana después, la tormenta amainó, pero la tienda cayó en una abulia total. Nadie entraba. Como si el Sargento hubiera dejado una maldición o los clientes insatisfechos hubieran volcado toda su enfadada pimienta sobre aquella tiendecita, que ahora parecía estar rodeada por una nube de bitlemaniático descontento.

Para fines de 1970, la tienda de discos “Discos”, cerró sus puertas para siempre. (Daniel F)  


Haciendo la histórica portada. Nótese que aún estaba Hitler entre los personajes elegidos.